Las necesidades actuales de Europa requieren una mejor comprensión de su pasado más reciente, de su presente y de las perspectivas de su desarrollo, puesto que el conocimiento que hoy tenemos acerca de estos temas es del todo insuficiente y muy endeble. En la mayor parte de los casos se limita a cálculos puramente políticos y económicos. Y, sin embargo, a pesar de la opinión extendida por el mundo, Europa no pertenece a regiones carentes de ideología. A lo largo de la historia, en este aspecto, siempre estaba en cabeza a escala mundial.
El único período durante el cual, por la fuerza de los hechos, Europa occidental fue —si se puede decir así— liberada del pensamiento ideológico autónomo, fueron los decenios de la guerra fría. Sin embargo, Europa —se quiera o no— debe retornar a su tradición y examinar con mayor perspicacia su situación actual y las perspectivas de su futuro desarrollo. Podríamos decir que la situación actual de Europa, pocos años después del fin de la guerra fría, se asemeja a la de aquel nadador que aprendió a nadar en una piscina cubierta y ahora tiene que nadar en aguas de un lago, y todo parece indicar que dentro de poco le tocará probar sus fuerzas en alta mar. Esto es inquietante, aunque también motivador para aquellos europeos que piensan con la vista puesta en el horizonte más lejano y que buscan con tesón la respuesta a la pregunta: ¿y ahora qué? Para un problema de tanto peso, ha habido muy pocos intentos de encontrar la respuesta, y la disparidad de opiniones está a la vista.
Barbara Zehnopfennig en su artículo titulado "¿República Europa?" («Frakfurter Allgemeine», 27 de noviembre de 1997) se centra en dos tesis. En primer lugar, considera que la unificación de Europa alcanzará su fin cuando exista un elemento de orden superior, algo que justifique la creación de esta comunidad y la subordinación de los intereses particulares a los intereses generales. Este factor de orden superior, no tendría que ser necesariamente constituido por una idea totalmente nueva, sino por la idea —que tan bien ha salido parada de todas las pruebas— de la herencia cultural, realizada de una manera moderna. El postulado de la autora, según la cual los Europeos han de tener ese elemento de orden supranacional, es justo pero definirlo puede resultar una tarea harto difícil. En la Europa actual, ya bastante deslavada del sentimiento de la necesidad de una ideología, el buscar ahora esa idea de orden superior sería como explicar a los ateos el gobierno del universo recurriendo a la idea de Dios.
La segunda tesis de la autora es ya más práctica. B. Zehnopfennig compara la integración de Europa con el proceso de formación de los EE.UU., primero como unión y luego como nación.
El proceso de unificación —escribe— en una sola nación, donde la diversidad autonómica existente es reemplazada por el pluralismo garantizado por el gobierno central, es una renuncia evidente; cada estado, que hasta entonces conformaba libremente el edificio de la conferencia y gozaba —en un grado elevado— de la independencia, tuvo que renunciar a sus derechos soberanos particulares, en el nombre de los intereses comunes. Hasta qué punto resulta difícil decidirse por esta renuncia, qué cercano nos parece siempre lo nuestro y qué lejano lo común, cuando nos vemos ante la disyuntiva de tener que decidirnos por una de las dos opciones, esto podemos constatarlo con nitidez en el penoso proceso de la unificación europea.
Así es. Para que se produzca la renuncia a los propios intereses en favor de los intereses más generales, es necesaria una firme convicción. En América, en aquel entonces, se libraba la lucha entre el capitalismo de libre mercado y la esclavitud. Para muchos americanos, su opción era tan evidente como elegir entre la guerra y la paz. Y en cuanto a la integración cultural de los americanos y su transformación en una nación, afirman algunos historiadores que se produjo como resultado de la actividad bélica de los EE.UU. durante la segunda guerra mundial, consolidando su común destino. De todos modos, al referirnos a los modelos americanos, nos alejamos de la comprensión tanto de la particularidad cultural de Europa como de su situación política actual.
El periódico «The Independent» en el editorial titulado "Manifiesto europeo" (3/04/1996) expresa sus dudas respecto a una integración de Europa que estuviera basada en la supresión de la adscripción a las distintas nacionalidades en favor de la ciudadanía pan europea. Según «The Independent», los dirigentes políticos europeos han evitado, hasta ahora, contestar a esta cuestión. Sin embargo, para que prosiga la integración es necesario que se fijen bases más sólidas. Por fin vemos la necesidad de un congreso fundacional, porque necesitamos urgentemente una visión de Europa que imposibilite una Europa de nacionalismos rivales pero que, al mismo tiempo, haga posible evitar regímenes centralistas; que garantice a Europa su condición de continente de democracia viva. Nos hace falta un nuevo punto de partida que no fuera fuertemente y antidemocráticamente centralista, pero que tampoco hiciera sonar las tensiones nacionalistas. Europa debería tener su propia constitución en la cual, ante todo, sería imprescindible colocar la carta de los derechos. Se debería incluir en ella la Convención Europea de los Derechos del Hombre, garantizando la libertad de movimiento de los ciudadanos, de las mercancías, del capital y de los servicios.
Ciertamente, antes de celebrarse el Congreso de Europa propuesto para el año 2000, el «Manifiesto europeo» puede contribuir a avivar la discusión, pero el documento en cuestión no contiene propuestas desarrolladas. Mientras tanto, con la nueva situación en la que se encuentra Europa, donde el protectorado de los EE.UU. se va debilitando, surge con fuerza la necesidad de una mayor autonomía y soberanía. Hace tan solo unos años, en tiempos del presidente Bush, la unificación de Europa topaba en los EE.UU. con desconfianza y escepticismo. "De un tiempo a esta parte —escribe Klaus-Dieter Frankerberger ("Frankfurter Allgemeine", 8 de noviembre de 1997)— a los europeos les llegan desde Washington notas de otro tipo: la nueva canción interpretada por el gobierno de Clinton, al igual que por el gran coro de la «comunidad estratégica» (...) La nueva opinión de los EE.UU. se centra en un punto delicado: Europa debería liberar a América —la única potencia que posee intereses globales y la capacidad de actuar a escala mundial— de una parte de la gestión de la política mundial y no solo limitarse a estabilizar el continente".
Afortunadamente Europa ha comprendido que el precio que tendría que pagar por ser un verdadero partenaire de los EE.UU. sería muy elevado, sobre todo si se hiciera cargo de algunas «cargas militares», y esto no ha despertado ningún entusiasmo en sus filas. "El ministro alemán de defensa, Ruhe —ha recordado Frankerberger— quien durante los últimos años iba preparando a la sociedad alemana para que ésta aceptara un mayor —territorialmente— aprovechamiento de la Bundeswehr y sus nuevos cometidos, no cambió en Berlín su convencimiento de que Europa, políticamente unida, no debería llegar a ser una potencia militar a nivel mundial."
Los europeos deberían antes preguntarse si Europa tiene ya echados los cimientos suficientes, ante todo ideológicos, para construir sobre ellos un gran edificio militar. Aligerarle la carga a América es insuficiente. Merece la pena recordar que Europa no son solo naciones sino también nacionalismos. Además, si Europa llegara a ser la segunda potencia militar del mundo, sin lugar a duda estaría ligada estrechamente en una alianza militar con la potencia número uno, de más allá del Atlántico.
La aspiración de convertir a Europa en una potencia militar tendría, pues, como final algo que la Europa democrática y pacífica no desea. De todos modos, la eventual perspectiva de hacer de Europa la segunda potencia mundial, no ha encontrado tantos partidarios cuantos quisieran tener los americanos. Simplemente, cualquier idea de potencia militar es recibida en el Viejo continente con mucha prudencia. No ha sido en balde su experiencia histórica, el estallido de las dos guerras mundiales.
Las distintas visiones del futuro de Europa son en gran medida divergentes. Por un lado, vemos a Europa perpleja y sin recursos ante los conflictos locales, y por otro lado, ha de ser una potencia militar. Podemos apreciar también que en vez de lanzar propuestas verdaderamente unificadoras, se presentan muchas ideas cuya finalidad es la de garantizar —en la futura Europa— la satisfacción de las necesidades corrientes de algunos estados nacionales.
Pero el problema principal con el que se encuentran los constructores de la unidad europea —escribe "The Economist" (23 de diciembre de 1995 - "El estado nacional ha muerto, ¡viva el estado nacional!")— "es la exigencia de buscarle el arraigo dentro de una ideología clara. Las ideas políticas y económicas de las que participa Europa, son en su mayoría idénticas a las americanas, y, esencialmente, América llegó a ser democrática antes que la mayor parte de Europa. Así unificada, Europa no sería la única zona cultural. Europa y América tienen el mismo origen cultural y, con pequeñas diferencias, son subsecciones de la misma civilización".
Sin embargo, tampoco en este caso el asunto está muy claro. Aparentemente se intenta buscar la ideología que unifique a Europa y se constata la necesidad de aumentar el alcance de su soberanía, pero al mismo tiempo se resalta tanto la consanguinidad de Europa y de América y la primacía de los EE.UU. que, finalmente, se acaba aceptando el status quo.
Mientras tanto, los EE.UU. se comportan como si quisieran limitar su poder principalmente a garantizar sus propios intereses concretos, y como si se olvidaran de la esperanza que habían prometido al mundo después de la derrota del comunismo. Actúan como si quisieran lavarse las manos de esta responsabilidad. Y cuando Philip Coste y Michel Faure formularon la pregunta dirigida a los EE.UU: "¿El noble shérif o el gendarme mundial?" (L'Express, 20-25 de noviembre de 1995), la respuesta ya no era necesaria, porque ni lo uno ni lo otro. La opinión pública americana está cada vez más claramente a favor de la retirada de los EE.UU. de la política exterior activa. La América de hoy, privada de su principal adversario, simplemente no sabe qué rumbo tomar. Ha perdido la brújula, gracias a la cual, en el pasado, tomaba la postura opuesta a la de Moscú. Ahora, en realidad, los EE.UU. no saben qué hacer de su victoria. Al faltarles el potencial enemigo, empiezan a poner en duda la necesidad de tener aliados. La diplomacia americana está hoy día al servicio de la exportación americana y de su economía. Además a esta posición les lleva el convencimiento, mayoritario entre los americanos, de que el único orden organizado en el mundo debería limitarse a las relaciones comerciales.
A finales del año 1997 la revista "Der Spiegel" publicó una entrevista al conocido politólogo Paul Kennedy (¡Europa, sé más autónoma!, 1 de setiembre de 1997). No puedo resistirme a citar algunas de sus manifestaciones tomadas literalmente. Así, por ejemplo, refiriéndose al interés de los americanos por la política exterior dijo: "Diplomáticos británicos, que tradicionalmente mantienen con los políticos americanos las más estrechas relaciones, se quejan diciendo que nunca antes habían tratado, entre los congresistas, con una generación tan ignorante como la presente ...".
Respecto a la primacía mundial: "Es difícil sentir la necesidad de una primacía global, cuando se afirma que nos va estupendamente, somos los amos del mundo, y todos los demás pueden irse a tomar viento".
En cuanto a los valores: "Los valores americanos ..... eso, simplemente, suena muy bien. Pero en vano buscarían ustedes en la Casa Blanca una visión auténtica del mundo, basada en la colaboración, el compromiso más profundo en favor de las organizaciones internacionales, caminos que condujeran a vencer problemas como la miseria, el hambre, el crimen internacional, la superpoblación o el agotamiento de las materias primas."
Resulta difícil creer que «el rey está desnudo». Pero hay que mirar cara a cara a la realidad. Tanto más que Europa no podrá rehuir la responsabilidad si desdeña sus propias posibilidades. Porque, al fin y al cabo, ¿dónde hemos de buscar indicadores ideológicos si no es en la propia Europa? Más aún si tenemos en cuenta el hecho de que Europa fue la patria de esa elevadas ideas y que ella primera lanzaba en el siglo XVIII las consignas: "libertad, igualdad, justicia". Es más: algunas de estas ideas puestas en marcha por las fuerzas sociales europeas del siglo XX se consideran, y no sin razón, como fenómenos a escala mundial.
Es difícil explicar por qué al buscar una idea de Europa de orden superior, sigue sin verse esos fermentos en los programas de la izquierda europea, sobre todo ahora, cuando en 12 de los 15 países de la Unión Europea gobiernan o cogobiernan los socialdemócratas. Estoy todavía impresionado por lo que dijo Luis Ayala, secretario general de la Internacional Socialista, en una entrevista concedida a Piotr Ikonowicz ("La visión del acercamiento de la gente" en Przeglad Tygodniowy del 31 de diciembre de 1997). Conforme al programa de la Internacional Socialista, las manifestaciones de L. Ayala podrían resumirse en pocos puntos.
La Europa contemporánea debería basarse en un catálogo de los derechos del hombre que abarcara leyes democráticas, sociales y económicas claramente formuladas y, además, el derecho a participar en la vida colectiva.
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